Viaje al Paricutín

Uno de los aspectos más fascinantes de México es su naturaleza. El país ofrece muchas sorpresas a todos aquellos que se aventuran a descubrirlo. Entre ellas están sus volcanes, majestuosos o discretos, activos o inactivos, viejos o nuevos; algunos muy nuevos. En una fecha tan reciente desde el punto de vista geológico como febrero de 1943, la tierra comenzó a temblar en la meseta purépecha, en el corazón del estado de Michoacán. Se abrieron grietas por las que salieron piedras, vapor y fuego durante más de nueve años. Así nació el volcán Paricutín.

Desde que leí en internet sobre este acontecimiento tan singular, deseaba ir de excursión hasta esa montaña y verla con mis propios ojos. Este año, el primer fin de semana de febrero pude cumplir mi deseo. El  punto de partida fue S. Juan Parangaricutiro, donde se hallan las ruinas de una iglesia que quedó cubierta por la lava. Hoy es un lugar turístico adonde acude la gente los fines de semana a pasear y a comer antojitos. Comenzamos la caminata entre plantaciones de aguacates que nos acompañaron durante un rato y luego desaparecieron dejando paso a un paisaje de pinos y de arena negra. El camino se convirtió en vereda y avanzando por ella, tras una curva apareció el volcán dominando el paisaje, imponente. El paseo era tranquilo. El sonido del viento a través de los pinos, y el canto de los pájaros formaban parte del silencio que nos envolvía. Tras más de dos horas desapareció el sendero, estábamos en campo abierto, un gran espacio en cuyo fondo se divisaba un puerto entre dos montañas y se adivinaba el paso para llegar a las faldas del volcán. Atravesarlo resultó un duro ascenso. Nuestros pies se hundían en la arena y la pendiente nos hacía retroceder gran parte de la distancia que habíamos avanzado. Pero cada uno a su ritmo, todos logramos llegar a los pies del Paricutín, que apareció todavía más impresionante en la distancia corta. Tras un breve descanso, emprendimos la subida hasta la cima. Fue una hora de un esfuerzo enorme, intentando vencer la acusada pendiente y la inestabilidad del piso. Pero el trabajo mereció la pena, al llegar tuvimos la sensación de dominar el mundo que estaba a nuestros pies. Recorrimos el camino que rodea el cráter  y que nos ofreció una perspectiva privilegiada para observar el inmenso paisaje michoacano por un lado y el misterioso cráter por otro. Tras disfrutar del entorno con todos nuestros sentidos emprendimos el regreso a nuestro punto de partida donde nos esperaban unas quesadillas deliciosas para reponer fuerzas.

La excursión al Paricutín es un gozo de la naturaleza con todos los sentidos. Para todos aquellos que disfruten practicando senderismo y tengan energía suficiente para caminar durante 7 u 8 horas es una buena opción.

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